Soy de la opinión de que lo mejor que pueden decir de uno cuando ya no está, además de que ha sido buena persona en esta vida, es que ha sido valiente. Creo que entre mis mucho defectos, el más importante y a su vez más alarmante, es muy falta de valentía en algunas situaciones. No hablo de la valentía de esos jóvenes locos que les impulsa a surcar las autopistas a una velocidad de vértigo.

Los cementerios están repletos de esta clase de valientes "suicidas". La valentía no se mide en kilómetros a la hora,ni en coches adelantados, la única escala con la que se pueden medir las decisiones o acciones valientes, es el grado de felicidad del interior de la persona valiente. Como dice mi amiga Olga cuando le crítico por algo, " si, pero por lo menos yo soy valiente". Ójala yo fuera la mitad de valiente que ella.

Hay quien dirá que la osadía es una característica innata y que no todos somos igual de valientes. Pero yo creo que la valentía es algo que se adquiere con el tiempo y las canas, pero hay que demostrarlo en cada una de las difíciles o fáciles decisiones que hay que tomar cada día. En ocasiones, la excesiva timidez o la dependencia de las personas cercanas, nos hacen actuar de forma menos valiente de la que nuestro interior nos pide que actuemos. La verdadera valentía es olvidarnos de esos prejuicios y juicios externos a la hora de llevar a cabo nuestra vida diaria.

He aquí las palabras de un cobarde que aspira a ser osado algún día, creo que poco a poco lo voy consiguiendo. Ya sabeís, el yunque harto de ser yunque, se convertirá en martillo. A pesar de ello, por si acaso he empezado a entrenarme corriendo unos 20 kilómetros semanales, ya se sabe que correr siempre ha sido de cobardes, pero esto va a cambiar, os lo juro.